miércoles, 25 de julio de 2007

En el 21 un 23


Foto: Reo del 23.




Por: Reo del 23.

Es 23. Voy tranquilo. La ciudad me pasa delante al ritmo que me lleva el moderno transporte, y, enganchado como siempre de los ruidos propios, no dejo que los murmullos ajenos me sofoquen. Todas las fotos, los trámites y las sensaciones que se me posan en la cabeza han hecho que, al contrario de lo que pensaba, me tome las cosas con más calma.

El número ya casi no afecta, solo resacas de la memoria. Hace calor eso sí, acaba de pasar el medio día y es verano, el ritmo quiteño, pese a las vacaciones, no baja y se posa en un tránsito que hace tiempo dejo de ser relajado.

Hoy es Ray Charles el que me acompaña y me da el ritmo correcto, pero un timbrazo que me salta desde la ingle cambia todo el panorama. Al menos eso pretendió.

Que fue!! Me grita. Ya llego, le digo yo. Faltaban dos minutos para atrasarme como siempre, así que estaba relajado, nada me sofocaba, ni siquiera el calor, menos su voz.

Parada con su melena al viento y con un traje sastre que pronosticaba luto charla con uno de los comensales de las leyes, quien sería el conductor de tan extraña jornada.

Él educadamente me extiende la mano y lo primero que sale de su boca es una sentencia. Hay que acordar el monto, solo para decirle al juez. Reaccioné tarde cuando escuché la cantidad, una de las tantas jugadas sucias que han venido sucediendo desde hace tres años.

Por acá! nos guía el joven enternado y nos sumergimos en un corredor estrecho, no tan oscuro por la luz de la tarde que golpeaba en las ventanas, y que de lado y lado sumaba 15 computadores, que su principal actividad es ser compañía al traca traca de las máquinas de escribir, verdaderas artífices del quehacer burocrático.

Casi en el fondo, en papel reciclado pegado en una gaveta voladora, rezaba "Juzgado 21 de lo Civil".

Buenas tardes! saluda atento el abogado y sin inmutarse el secretario sigue concentrado en su exageradamente parsimonioso tecleo. El mundo afuera gira como loco, todos a las mil carreras, yo uno de esos, y el hombre ni se mosquéa.

Eternos minutos pasan hasta que pregunta: El número? 1156 le responde el abogado.

El secretario, con la misma lentitud con la que se nota hace todas sus tareas, pasa su dedo por la lengua, acomoda una pila gigantesca de juicios y los revisa uno por uno. 0634, 7890, 4533, 1220, desfilan los procesos hasta que la torre de documentos maltratados desaparece. El 1156 no asoma. Es hora de la segunda pila. El mismo trámite, dedo a la lengua y opto mejor por fijarme en los detalles con los que relleno este texto, para no desesperar. Vendedoras de joyas en gran charla con secretarias desocupadas, hombres humildes que saludan: "buenas tardes doctorcito", como si eso ayudara para que estos seres cambien a amable su tan insoportable forma de atender a los que pagamos sus sueldos.

Me reincorporo a la tramitología, me doy la vuelta y el funcionario a cargo de nuestro proceso lo encuentra. Escrito con marcador negro, sobre el escudo nacional se ve el 1156. Alcanzo a ver nuestros nombres, que juntos estarán por última vez.

Con toda la cara de desgano el secretario se levanta y nos ordena que lo sigamos. Veinte pasos más adelante está una puerta de vidrio a la que llama golpeando fuerte con su gigantesco anillo de oro, que lleva impreso la libra de la justicia, y que se lo entregan solo a quienes cumplen 25 años de arduo, complejo, cansado y ajetreante desempeño legal. Y quien mejor que nuestro secretario.

Pese a toda la calma las manos se me comienzan a enfriar y trato de pronosticar un momento de esos que no se nos borrarán de la mente, pero nada más alejado.

Se demora en abrir y cuando lo hace aparece tras del vidrio un enano de grandes ojos verdes, que pese a su tamaño cree tener la altura de un gran juez.

Pase, pase! nos dice con prisa. Más pilas de documentos sobre el escritorio hacen que el hombrecillo se me pierda de vista. A ver! No está embarazada? Le pregunta y ella sacando los ojos a semejante interrogante responde tajantemente que no. Y la pensión? Tartamudeando doy yo la cifra. Tienen bienes? No, coreamos los dos. Cuando le va a ver al niño? Cada 15 días digo y ella asiente.

Entonces anote que no está embarazada y que no tienen bienes le dice al secretario y así, en 20 segundos da el trámite por concluido.

No me terminaba de acomodar cuando nos toco cuzar la puerta de vidrio nuevamente. Con esa inmediatez, un montón de años, un montón de historias y recuerdos que ya son vagos comienzan a ver sobre una pantalla negra las tres famosas letras de las películas clásicas: FIN.

Luego, el trámite siguió otra vez con el abogado, el secretario y su parsimonia. Cédulas en mano, el funcionario escribió varias veces mal los nombres, estaba ahora frente a la computadora, maquina que nunca entenderá. Ella, en cambio, esperaba junto a la máquina de escribir que todo acabe de una buena vez, hasta que luego de un "eso es todo" nos despedimos.

Así fue, salimos y entre la multitud de tramitadores y abogados se pierde el nuestro, al que vería por primera y última vez.

El sol no ha dejado de pegar en la calle y para aminorar la sensación de no sentir nada, o no saber lo que deba sentir, prendo un cigarrillo mientras ella compra algo para pasar el mal sabor de boca. Caminamos solos y juntos por última vez, y lo único que se le ocurre es una broma con dedicatoria y de mal gusto: "ahora si ya te puedes casar otra vez" y suelta una carcajada irónica. Opto por no decir nada y le acompaño al auto. Ahora es frío el ambiente pese al calor. Ella se embarca, y claro, no podía dejar de rematar la tarde con lo único que le atormenta: "acordaráste que hay que pagar..." Sí, sí lo sé, se que siempre debo pagar, que es lo único a lo que tengo derecho, siempre lo he sabido, la escasez no significa, y no ha significado nunca, falta de voluntad de cumplir con lo que debo cumplir, más por amor que por obligación.

Y me voy, caminando, mientras ella prende su motor. La ciudad se me posa enfrente de nuevo, ahora al ritmo que le marco yo con mi andar, con mi tabaco, con Ray al piano y con todas las cosas en las que he pensado estos días y con todos los sentimientos que me afectan y que desde hace mucho ya no le pertenecen.

lunes, 16 de julio de 2007

Mi viejita


Foto: Reo del 23


Por: Reo del 23

Ya me quitaron el respirador. El doctor se despide silenciosamente de mi viejita, que ataviada de negro aprieta con fuerza su pañuelo blanco, mientras llora desconsolada y con un silencio respetuoso, sentada en la mecedora que colocó junto a mi cama desde hace casi un año, cuando dejé de acompañarla todas las mañanas a comprar la leche y el pan.

No le puedo achacar mis malestares de ahora a la vida rutilante con la viejita. Cincuenta y dos veces le he dicho que la amo cada veintisiete del diez. Cincuenta y dos ramos de flores custodiaron siempre los chocolates caseros de don Fulgencio, el artesano de los sabores del pueblo, quien preparaba con antelación de un mes el paquete especial con el que acompañaba yo las tortas de naranja de los cumpleaños de mi querida viejita. Cincuenta y dos pollos a la naranja, servidos con sobriedad junto a las patatas y a pequeños anillos de zanahoria, melloco y tomate, manjar con el que mi madre homenajeaba ni nacimiento y detalle que conservó mi querida viejita cada uno de los cincuenta y dos diez de enero.

Cincuenta y dos años multiplicados por cada una de sus noches en los que pese a que la vida re dibujó con violencia nuestras formas, no encontrábamos nada más emocionante que mirarnos a lo ojos, con la luz de la veladora de su mesita de noche, mientras el uno ponía el pijama al otro en un ritual lento, emotivo y apasionado.

La vida nos gastó, nos apaleó, nos dejo ver que de pobres no saldríamos y que de dichosos solo lo que forjemos juntos conseguiríamos. Ahí están ahora, ocho criaturas de jeans y vestiditos que revolotean por la casa a expensas de sus padres, sin importarles el silencio que se debe guardar en la casa de los abuelos, en una situación y en un momento de angustia como el que causaba mi lecho.

Sus risas y sus zapateos opacaban los sollozos de mi viejita y no dejaban que entre yo en la luz clara que asomaba, solo conseguían que evoque las mismas risas y los mismos zapateos que perseguía yo por los mismos corredores, con la misma alegría, con la misma vida con la que alcanzo a escuchar tan reconfortante coro de partida.

El mayor de mis muchachos entra despacio, trae el agüita de cedrón para mi viejita. Le quita el tejido de las manos y le pone la pequeña taza, parte de la primera vajilla que fue el regalo más significativo de la boda. Está grande, se me parece, su esposa entra despacio también y le entrega las galletitas para que le de a su madre, ve en el rostro de mi muchacho la desazón y le da el beso reconfortante, de esos como los que recibí yo siempre de mi viejita en los momentos de angustia, en las alegrías, en las partidas y en las vueltas y en cada noche de pijama.

Detrás de la nuera aparecen los angelitos con sus caras sudadas de tanto juego, ajenos a lo que pasa a este lado de la puerta y solo exigiendo el helado prometido. La pequeña lleva un vestido rosa con una flor en el pecho, dos trenzas en el pelo y una sonrisa que deja ver que ya empezó a mudar sus dientes. Me mira con asombro, con miedo y con ternura, siempre me tuvo un poco de recelo, la barba canosa nunca le pareció acogedora.

Todos salen, les parece demasiada presencia en un espacio tan corto, solo mi viejita casi inmóvil se queda a mi lado, la taza está en la mesita y tiene entre sus manos nuevamente el tejido que la ha acompañado todo este tiempo. Me mira, me cambia el paño húmedo que llevo sobre la frente y me acaricia, se sienta y sigue en su tarea inmóvil de acompañarme, de tejer, de velarme, de no separarse nunca como nunca se ha separado, de ser mi compañera. Y ahora yo, cada vez más cerca de esta luz que encandila, que quema, que sumerge y que me aleja de ella.

Voy a extrañarla, voy a extrañar sus besos, voy a estar triste sin ella, pero sigo oyendo a lo lejos el coro de esos zapateos y esas risas y estoy optimista, porque pese a que se que va a estar triste y sola, se que estará bien, y se también que no faltará mucho para que volvamos a ponernos juntos la pijama.

jueves, 5 de julio de 2007

Cuento, complejos y fetiches


Foto: Reo del 23

Por: Reo del 23
Son las 08:00, estoy puntual. Parado frente a la puerta unos minutos para no llegar ni uno antes y no mostrar desesperación ni afán.
Llevo la que creo es mi mejor pinta. Los jeans nuevos bien lavados, guardados en el ropero una semana esperando el encuentro, a camisa blanca, bien almidonada, la que nunca me pongo porque me parte el cuello y porque me pone sobre el cuerpo todas las primaveras que llevo encima, una chaqueta que no combina y los zapatos alternativos que muchas veces en lugar de darme juventud hacen que la gente me vea extraño. Y qué importa.
Saco la mano del bolsillo, está temblorosa y antes de tocar el timbre me acerco a la puerta para intentar oír el ambiente. Espero que la hija de Nat suene de fondo y acompañe el calor y la luz de la chimenea, pero no se oye nada y timbro.
Sudo por dentro, oigo sus pasos que vienen sin prisa, va para un rincón primero y se acerca a la puerta después, estoy, creo, con mi mirada inmóvil de Casablanca esperando como Bogart. Ella sale y dice:
- Qué fue? Y me da un beso cualquiera.
- Qué fue? Que mierda de saludito es ese me pregunto yo?
- Gira y de espaldas me dice: No te vas a quedar en la puerta no?
Claro que no, aunque con ese recibimiento muchas ganas tengo de largarme.
Recapacito y en fracciones de segundo le doy la oportunidad de reivindicarse. Entro, es mi primera vez ahí y luego entendería por qué. Primero no hay chimenea, nunca me di cuenta que el suyo es de esos edificios modernos que no toman en cuenta los detalles de confort en una ciudad de páramo como ésta. Para esos casos, a las friolentas la tecnología les da edredones térmicos.
Corte minimalista en los muebles, colores sobriamente pasteles iluminan el lugar y el frío característico de las series gringas hechas en estudio. Impresiones renacentistas de mal gusto cuelgan a ambos lados. Mesa de madera con vidrio en el centro y sobre ella un balde de agua fría: la Cosmopolitan, especial de bodas.
Esa fue ya la segunda mala señal, tuve que largarme en cuanto me llegó la primera pero ahí seguí, claro, obnubilado por lo que alcanzaba ver de ella a través del mesón de la cocina tipo americana.
- Y qué más? Me pregunta.
- Bien, todo bien. Le respondo yo. Puedo poner algo de música?
- Sí, sí, claro, me contesta.
Y me acerco hasta allá. Es un equipo gigantesco, de esos de más de 1000 vatios de potencia, marca japonesa, resguardado en un fino y anticuado mueble de vidrio. Abajo se ven los discos ordenados prolífica y alfabéticamente y lo primero que encuentro es algo que se llama Si el norte fuera el Sur y me hago la pregunta: Qué mierda hago aquí?
Y opto por poner la radio. Mala idea, yo que nunca escucho radio.
El ruido de los comerciales y de la locutora chillona hace que no me vuelva a sentar y camino mejor entre la mesa de comedor y el mesón americano de la cocina.
- Huele bien! Digo cortésmente.
- Lasaña vegetariana, espero que te guste, me dice y trato de no hacer evidente mi cara de asco.
- Receta de tu madre? Le pregunto.
- Jajaja. Se ríe, como diciendo pobre pendejo.
- No, que va, llegue tarde del banco y solo alcancé a pasar por el supermercado, pero esta es una marca buenísima, siempre la compro!
Y ahí supe que la noche no iba a ser larga, que mis afanes porque algo funcione por primera vez en mi vida con alguien se estaban yendo a la basura con cada paso y con cada frase que ella daba. A que jugaba yo si siempre he sido de los que no les funciona eso de los clavos, pero ahí estaba, con una desconocida, por culpa de una cita casi a siegas hecha por algún comedido, tratando de refugiar mi dolor y mi falta de apapacho en una escultural rubia que como disco de presentación tiene a uno de esos seudo poetas modernos, jefe de la camada de los que sí deberían estar decapitados.
Traté, lo juro, lo intenté. Me senté junto al mesón para ver como ella decoraba la comida precalentada. Traté de fijarme en sus ojos, en su pelo rubio del largo adecuado y que lo llevaba divino, como me gusta, como no gusta a todos, si parece salida de esa Cosmopolitan. Pero claro es parte de todo el cliché, y su casa lo decía a gritos.
Traté, lo repito, juro que traté, pero su escote no fue suficiente, lo apretado del jean lo intentaba pero no lo lograba, hasta que llegó el punto final.
Me dice:
- Listo, pasa a la mesa.
- Te ayudo, le respondo?
- No, todo bien!

Y coge la lasaña, alza la mirada y me sonríe, comienza nuevamente el concierto desafinado de los tacos y la veo salir de la cocina, detrás del mesón tipo americano y acercarse a mi, el sonido de los tacos era tan fuerte que no resistí bajar la mirada y ahí estaban, viéndome, riéndose de mi, sabiendo que los odio, esos pies blancos, huesos, esqueléticos, esos dedos regordetes pintados de sangre enmarcados en sus zapatos de huecos. Y me largué.

Medias tintas


Foto: Reo del 23


Por: Reo del 23
“Que si hago todo a medias? Si lo sé, no lo admito pero en el fondo lo sé. Que pudiese hacer mejor? Lo sé también. Que pudiese ser mejor? Sí, claro lo sé. Me harte, como ya se volvió una costumbre, como fue este trajinar, de hartarse de tantas cosas que han hartado por tanto tiempo y por tantas otras que uno no se imaginaba que lo iban a hartar.”

Así rezaba la carta encontrada junto a su mano ensangrentada, pintada de rojo y opacando de a poco el resto de la letanía.

Se había matado, no lo soportó más, su última cerveza fue el arma mortal. Con unas tijeras había desmembrado la lata y sin más, de un solo tajo, partió su cuello de extremo a extremo sin inmutarse. Los grados de alcohol que llevaba en el cuerpo y todos los pesos que relataba en su carta no dejaban duda de que su fin estuvo en sus propias manos y en sus propias angustias.

El tiempo secó las tintas, la del dolor, la de la sangre y dejó ver la letanía. Y tenía razón. No se mató de cobarde, como muchos lo han catalogado, simplemente se hartó.

Tantos lo haríamos, tantos lo hemos querido hacer así. Hartarnos y envalentonarnos y poner fin a la letanía.

Y es que su historia es tan recurrente, tan conocida. Que ya no lo amaba, que lo quería, como si fuese suficiente eso. Que si quería así bien, sino que se joda, como si fuese un aliciente eso. Que si nada de nada, porque nada de nada no más, como si su cuerpo lo fuera a resistir. Que no hace nada, que no pasa nada, que no haga drama, como si ayudara ella para eso.

Tan conocida la historia, tan recurrente. Menos mal no me gusta mucho la cerveza en lata.

lunes, 11 de junio de 2007

Mañana de carnaval


Y aquí estoy, levantado a las cinco, dormido solo dos, con el verde de la carga iluminándome el ojo y con ganas locas de salir a correr.
La maleta viajera la lleva solo a ella a cuestas. Nada más.
Salida a prisa en uno de esos amarillos para no fallar.
La mañana se ilumina por la carretera y el sol pega fuerte a través de la ventana que deja ver el paisaje señorial del pasto verde. Las vacas ponen el punto de color del blanco y el negro juntos. La compañía es eso, solo compañía.
Llego temprano y las tarimas están todavía a medio armar. Los colores se comienzan a posar y decido no cambiar el formato. Será solo a fotografiar, a fotografiar todo ese color, a todo color.
La rutina laboral nos obliga, y me incluyo, a esperar a que el rey de la jornada haga su aparecimiento y aparece, sin más que una carga de letanías que no aguantan un clic más.
Salgo corriendo de la sala asfixiante y me sumerjo junto a los otros en el río de colores que baja desde la colina.
Ahora las tarimas ya se pueblan de verdad y el color se distribuye por todos lados. La callejuela de piedra es la galería central y todos nos disponemos a disparar. Voy a la cabeza de los aguerridos, de los que tienen la suerte de cargar sobre el pecho una credencial. Yo no la cargo pero no me asusto. La belleza discreta de la que me acompaña, que para mi es especial, me da las fuerzas para no amilanar.
Y comienzo, siempre los comienzos son los más discretos, los más insignificantes pero tomo ritmo rápido y ya nada me detendrá.
Vienen los ancianos primero, esos que arropados con los trajes republicanos cargan una cruz de ironía y con los guarapos calentándoles el cuerpo posan sin más ni más. Disparo una y el primer taco de trago me entra como ráfaga, disparo la segunda y el segundo entra a calmar, disparo la tercera y el tercero me da el estado ideal.
Soy parte de la fiesta, una alegoría más, las miradas traseras de la gente se posan también en este loco de atar. De reojo veo y sigo el trabajo de los demás pero ya estoy enganchado con el mío que no me abandonará.
Disparo una más, zaz! Disparo otra más, zaz! Y mi rutina empieza a tomar forma. Voy de verde agua, una pinta más a todo ese multicolor desfile que no deja de abrumar.
No me detengo, ya le perdí el rastro a los demás y no me preocupo.
Vienen los trompudos, las viejas ovejeras, las damas de alpargatas, y los reyes de la fiesta. Espejos y espejos sobre hombres grandes que valientes los cargan sin reventar. Y disparo y disparo.
Los Umas me dan una postal más y me enganchan a una cárcel de felicidad. Ellas y ellos se toman de las manos a mi alrededor y me comienzan a encerrar. Giran y giran como locos, los demás aplauden y vitorean y no quiero escapar, me arrodillo a sus pies para ver el cielo y no dejo de disparar. Me dan mi momento de éxtasis y me dejan sin más. Salgo regocijado de la vuelta y las risas y las miradas de admiración me dan de comer.
El rey sale de su trinchera y no lo dejo escapar. Sus corazas me acorralan pero no podrán, la adrenalina me tiene hecho un toro y no me van a parar. Y el sigue y camina y estoy en primera fila, luego veo a los demás que de alguna forma aparecen y detrás, detrás de mí se ponen todos en fila, para copiar, y la adrenalina me sube y me sube.
La rutina no se detiene, veo, como mi mirada de siempre, con la lengua acariciándome, veo por todo lados, veo donde nadie más y empiezo de nuevo a disparar. Vienen los niños de dos metros y vuelvo a trabajar, vienen las niñas en trajes bellos y no dejo de fotografiar. Vienen los hombres, cruzan los caballos y me poso sobre las miradas de las monjas, veo la familia en la galería, la niña que borracha me coquetea y la gente que no deja de admirar. Veo mi reflejo en la trompeta, veo a los ñaños, veo a las mujeres guapas de las faldas del Cotopaxi, te veo a ti, veo a la mujer que me baila por delante y por detrás.
Y me veo a mi como un reflejo, como algo parte de algo más, me veo vivo y me siento muerto, como un fantasma que no deja de disparar.
Pero me veo, ahora me veo, ya no es el simple reflejo del que no veo y que nada es nada porque nada veo.
Ahora me veo, y no me disgusta, ahora me veo y debo acostumbrarme a como me veo.
Ahora vivo y vivo me veo, porque veo que la vida vive cuando la veo y veo que vivo si es que sigo viendo. Y si veo es porque sigo vivo carajo, porque no he muerto.
Y ahora escribo y me veo, me veo llorar, porque a veces se me empañan cuando veo, a veces cuando te veo. Pero debo dejar de mirar a donde no debo mirar. Debo ahora mirar, ahora que veo, lo que veo y como me veo, para no dejar de mirar, para mirar que estoy vivo, y que vivo para mirar.

jueves, 24 de mayo de 2007

Los ojos duelen


Los ojos me duelen cuando no se cubren con el visor. La luz lastima cuando no se la está intentando atrapar y la gente me reconoce si no estoy cubriéndome la cara con el armatoste tecnológico que me da vida.

A él le pasa seguido y cada vez más seguido. Sus ojos le duelen.

Le duelen porque cada vez más líneas se posan a su alrededor. Le duelen porque los sabe llorones. Que pese a las líneas a su alrededor no dejan de portarse como mocosos.

Le duele saber que tras esos ojos casi no hay nada, o pensar que no, no hay nada. Que él nada más es ojos.

Ese brillo que le encanta a otros y que es resplandeciente en el espejo le es absolutamente perturbador. Porque cuando se enfrenta a ese reflejo se imagina viéndose y se reconoce sintiéndose y sintiéndose mal al verse. Porque pese a que sus ojos vean bien y vean bellezas muchas veces, verse a sí mismos es doloroso.

Doloroso porque en ese verse no se ve nada. Porque nada es lo que él ve cuando se ve. Y verse nada y sentirse nada cuando se ve lo mata. Y morir significa que esos ojos ya no ven más. Y si esos ojos ya no ven más pues nada es nada porque ya nada se ve.

Y le duele, los ojos le duelen. Le duele saber que es doloroso verse, que lo único que ve cuando se ve es nada y que nada es cuando no ve.

jueves, 3 de mayo de 2007

No lo dejaré…


Foto: Reo del 23




Por: Reo del 23

Sin ningún intento de convertirlo en entusiasta, pero él necesita que lo ayude en su sacudón. No más corrosión para su cabeza. Las lenguas, las presiones, las opresiones lo toman por el cuello y lo estrangulan hasta matar.
Se retuerce, sus recuerdos en la cama lo revuelcan y lo toman de cabeza. Pero él no se deja, yo lo ayudo y no se deja. Saca su mano, la agita con furia, desde el puño cerrado se deja ver una puntita y del fondo de la almohada saca su arma letal. Se la pone y se abraza. Su olor lo comienza a contagiar. El valor se apodera de él y toma su forma. Los verdes, los cafés se adueñan del cuarto hueso y las fobias y las rabias no pueden más que huir. Los colores se funden y lo cobijan. Ahora está más grande. Su cara ya no tiene congoja y el seño fruncido y triste desaparece. Sus labios dicen valor y sus ojos solo botan fuego y coraje. El puño lo cierra más, pero el papelito no se corruga.
Brinca de las sábanas y se hace más grande. En dos pasos recorre su espacio y lo domina solo con verlo. Las entradas, las salidas, están todas en su poder. Y se siente fuerte. Fuerte es la vibra que emite y contagia.
Vuelve a vivir, sabe que ese valor lo ha seguido siempre y que la locura momentánea deja de pasar revista su cuerpo, deja de atormentarlo, deja de sentirlo débil.
Se serena, se acomoda y toma con seguridad la masa que molda a diario. Su trabajo se incrementa y el se inspira. Cierra más su puño y se inspira.
La calle bulle y él la atraviesa, todos lo miran y él atraviesa. El puño cerrado asusta a muchos y se retiran. Alfombra roja se crea a su paso que ya no es cansado.
Mira al frente y crece. Todo está bajo su dominio. Un aire nuevo lo alimenta desde allá arriba. Abajo su puño aprieta con fuerza sin corrugar el papelito.
Cuando la huele, cuando la siente, cuando la toca él se apodera, se apodera de sí mismo, su mundo es suyo nuevamente y el de los otros está a su merced.
Eso le pasa cada que se inspira en ella, cada que abre la mano y ve su sonrisa en el papelito, cada que la besa despacio y se contagia de su sabor, de los escalofríos que le recorren cada que su piel se junta al papelito, es su imagen, su presencia la que lo motiva.
Pero a veces desespera y huye, se deja llevar por los desvaríos. Es allí cuando entro yo a sacudirlo, a lanzarle la bofetada precisa, para que cuando se niegue a abrir la mano y verla sepa que me tendrá ahí a mi para recordárselo, para decirle que mientras empuña una mano la otra se abre lento para dejarle ver a quien lo inspira.
Y si se le olvida, que esté tranquilo, que yo se lo recordaré, que yo no le dejaré caer nuevamente en el estrangulamiento de las lenguas, las presiones y las opresiones.